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MENSAJE DEL OBISPO HIGI - March 23, 2008
 

 Pascua: la celebración más grande del año

¡ALABADO SEA JESUCRISTO!
(Ahora y por siempre)

Si alguna vez los católicos tenemos un motivo para regocijarnos y estar alegres, es durante la Pascua. Tanto así que la época de la Pascua abarca 50 días hasta la festividad de Pentecostés, que en este año cae el 11 de mayo. El elemento central es darle gracias a Dios por nuestra incorporación a la Iglesia por medio del bautismo, la confirmación y la Santa Eucaristía. Nuestra tarea durante la Pascua es abrir nuestros corazones al poder de Dios quien está deseoso de poder transformarnos.

Pedro representa una ilustración de cómo la gracia nos transforma. En la primera lectura de la Misa de Pascua, Pedro es el testigo oficial del mensaje de la Pascua. Sin embargo, antes de que el poder transformador de la resurrección de Jesús actuara en la vida de Pedro, se le presenta en el Evangelio como alguien que verdaderamente tuvo dificultades para aceptar a Jesús y de hecho, generalmente no lo hacía, como el tipo de Mesías que Dios quería que aceptara.

Cuando Jesús habló a sus apóstoles sobre su próxima Pasión y muerte, Pedro lo llamó aparte y comenzó a tratar de disuadirlo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso nunca te acontecerá.” Jesús reprendió a Pedro: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo; porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (Mt. 16:22-23). Durante la Última Cena, cuando Jesús quería dar un ejemplo de servicio a los apóstoles lavándoles los pies, Pedro protestó. Una vez más, Jesús debió armarse de paciencia con Pedro.

Tres veces negó Pedro conocer a Jesús mientras el Señor sufría la humillación de los azotes y la coronación de espinas.

En la mañana de la Pascua, Jesús se le apareció a Pedro y a los demás apóstoles para compartir con ellos su triunfo sobre el pecado y la muerte. No pronunció palabras de reprensión ni amonestación. En lugar de ello, los saludó: “Que la paz esté con ustedes.”

La presencia de Jesús, su apacibilidad y paciente perdón serenaron a los apóstoles. Transformó sus miedos en valentía; la decepción, la confusión y la tristeza se convirtieron en alegría extática.  Jesús no estaba muerto. Estaba vivo. Había motivo para vivir y tener esperanza. Hay momentos en los que usted y yo nos topamos con sufrimientos y cruces inesperados: la muerte de un familiar y de seres queridos, contratiempos de salud, separación física o psicológica de aquellos que son un gran apoyo para nosotros, malos entendidos, pérdida de un trabajo y demás trastornos de la vida. Tal y como estuvo allí para los apóstoles, Jesucristo nos ofrece su presencia, su apacibilidad y paciente perdón. Al igual que transformó las vidas de los apóstoles, puede transformar nuestros temores y nuestra confusión. Jesús no está muerto. Está vivo. Hay motivo para vivir y tener esperanza.

Entonces, démosle gracias a Dios por sus numerosas bendiciones, especialmente durante la época de la Pascua. Recemos también para que los nuevos católicos encuentren que los “católicos veteranos” estamos deseosos de socorrerlos y brindarles apoyo, mientras avanzamos juntos en la peregrinación al gran día de la resurrección.

En el curso de los próximos 50 días muchos jóvenes en nuestras parroquias tomarán la primera Comunión. La Primera Comunión se considera como uno de los sacramentos de iniciación en la vida de la Iglesia, junto con el bautismo y el sacramento de la confirmación. Mientras tanto, yo estaré impartiendo el sacramento de la confirmación a más de 1000 jóvenes. Durante la época de la Pascua tengo muy presentes a aquellos que se han convertido o se convertirán en miembros de la familia de fe católica por medio del Rito de la Iniciación Cristiana para Adultos. Trescientas sesenta y seis personas se registraron para ello a través del Rito de Elección y el Llamado a la Conversión Continua celebrado en nuestra iglesia catedral el primer y el segundo domingo de la Cuaresma

Un aspecto que todos debemos tomar en cuenta es que se dice que nuestra incorporación a Cristo y a su Iglesia culmina cuando hemos recibido los tres sacramentos de la iniciación, pero la recepción de estos tres sacramentos no es una suerte de graduación. Sería poco sensato llegar a un punto en la vida en el que consideremos que ya no tenemos que continuar avanzando en nuestro conocimiento de la religión. El objetivo de cada católico que ha recibido los tres sacramentos de la iniciación debería ser enriquecer constantemente, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, nuestra relación con Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Para lograrlo, debemos esmerarnos en la oración diaria de calidad.  El ayuno, en el que se hace tanto énfasis durante la época de la Cuaresma, no debería ser ajeno a nuestras vidas el resto del año. Como católicos, se nos exhorta a hacer penitencia todos los viernes, en conmemoración de la muerte de Cristo. Si el ayuno y la abstinencia de carne los viernes durante el año no es algo que tenga especial significado para usted, elija otra cosa; tal vez asistir a la Misa el Viernes, apartarse de la televisión, apagar la computadora o visitar un hogar de ancianos.

El sacramento de la reconciliación (la confesión) es una herramienta para el crecimiento espiritual que nos conviene emplear regularmente. Es la forma como Jesús ha optado propagar su ministerio de sanación en nuestros tiempos. Los dones recibidos en el sacramento de la reconciliación pueden hacer una enorme diferencia en nuestra peregrinación a la santidad, la persona que Dios nos ha llamado a ser.

Nuestra tarea bautismal compartida es vivir nuestra religión con entusiasmo; acercarnos activamente a los demás, invitándolos a profesar juntos la fe católica; y tomar los valores de Cristo en los cuales nos forma la Iglesia y trasladarlos al mundo en el que vivimos para que por medio de nosotros y nuestra lealtad a los valores de Jesucristo, ese mundo puede transformarse verdaderamente por el poder salvador de Jesucristo.

Mientras celebramos la época de la Pascua, que nuestra oración sea: “Abre mis ojos a tu presencia resucitada en mi vida, Señor, fortalece mi fe, continúa sosteniéndonos en la palma de tu mano.”


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