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‘Este
es el día que hizo el Señor’
Mis hermanos y
hermanas en el Señor:
La Iglesia saluda el alba en la mañana de Pascua clamando: “Este es el
día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él” (Salmo
responsorial de Pascua). Sin embargo, no le damos la bienvenida a un día
de 24 horas. Más bien se trata de un período de 50 días que se extienden
hasta Pentecostés, que este año se celebrará el fin de semana del 27 de
mayo.
La temporada de la Pascua es el “día” del Señor pero más prolongado. Los
siete domingos son los domingos de Pascua, no después de ella. Se nos
invita a participar de este “día” de celebración extendido con nuestros
corazones rebosantes de la alegría de la Pascua.
La primera lectura para las misas de los siete fines de semana de la
temporada de la Pascua está tomada de los Hechos de los Apóstoles, un
diario o relato de los primeros tiempos de la Iglesia. El autor se
dedica a mostrarnos cómo el Espíritu Santo guió a los apóstoles. Leemos
cómo la gente valiente que llevó a cabo la misión de Jesús se convirtió
en una Iglesia.
Los apóstoles recibieron la misión de Jesús. Ahora se nos confiere a
nosotros. Nuestra misión, otorgada en el bautismo y sellada con el
sacramento de la confirmación, es vivir nuestra religión con entusiasmo,
tocar las vidas de otras personas e invitarlos a unirse a nosotros para
profesar la plenitud de la fe a la cual Dios nos ha llamado, y es
también acoger los valores de Jesucristo según los cuales la Iglesia nos
educa y trasladarlos a nuestras vidas cotidianas para que por medio de
nosotros y nuestro testimonio de Cristo nuestro mundo pueda
transformarse gracias al poder salvador de ese Cristo.
Una de nuestras responsabilidades básicas como católicos es ser fieles
al Santo Sacrificio de la Misa cada semana. Las estadísticas indican que
los católicos por lo general no cumplen con su compromiso de asistir a
Misa. Quizás, en promedio, tan solo de un 26 a un 28 por ciento asiste a
misa todas las semanas. Gracias a Dios, los números aumentan
considerablemente el Domingo de Resurrección. Sin embargo, celebramos la
resurrección de Jesucristo no solamente el Domingo de Resurrección sino
todos los domingos. El domingo es el día que hizo el Señor.
Cada uno de los días del Señor los católicos se reúnen en torno a la
mesa del Señor en respuesta a la invitación de Jesús: “Hagan esto en
conmemoración mía”, para escuchar la palabra de Dios y acogerla en el
corazón. Es su voluntad que se nos alimente y se nos sustente con su
Cuerpo y Sangre. Comemos y bebemos. Cantamos y rezamos. Compartimos.
Recordamos.
Nos reunimos no para divertirnos o para sentirnos mejor, sino para
unirnos al Cristo Resucitado en alabanza a Dios: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Le damos gracias a la Santísima Trinidad por todas las
bendiciones que nos regala. Nuestro vínculo con Cristo, enraizado en el
bautismo, se fortalece y procuramos fuerzas para ser fieles al
compromiso bautismal. Por medio de las oraciones de petición buscamos su
orientación, su ayuda y su alivio. Todo esto forma parte de la
proclamación pascual con su renovación de las promesas bautismales.
Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI ha hecho referencia en varias
ocasiones a los mártires de Túnez. Éstos se remontan a la época del
Imperio Romano. Cuarenta y nueve cristianos fueron tomados por sorpresa
un domingo mientras celebraban la Eucaristía en un hogar particular,
desafiando un edicto imperial romano. Fueron arrestados y llevados a
Cartago para que el gobernador romano de esa área los interrogara. A
esos ancestros africanos se les preguntó por qué habían desobedecido el
edicto del emperador. Uno de ellos respondió: “Sin la Misa dominical
no podemos sobrevivir.” Fueron torturados y luego los mataron.
Nuestro Santo Padre ha expresado que nosotros, como católicos del siglo
XXI, deberíamos reflexionar sobre la experiencia de los mártires de
Túnez. Si bien no nos encontramos bajo la sombra de las prohibiciones
imperiales, no es fácil para nosotros vivir como católicos fieles. El
mundo en el que nos encontramos puede parecer un desierto, vasto y
terrible. Nuestra cultura se encuentra dominada por el comercialismo
desenfrenado, la indiferencia religiosa y el secularismo, en vez de por
los valores cristianos. La licencia sexual ha reemplazado el sentido de
castidad. La gratificación personal ha desterrado el valor de la
penitencia y la mortificación de la carne. La vida que llevamos en este
momento ha desviado la atención de la eternidad, hacia el aquí y ahora.
Para compensar todo esto, Dios se hace presente ante nosotros en el
Santo Sacrificio de la Misa.
El Santo Padre hace énfasis en que resulta imprudente olvidar que “no
sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca
de Dios” (Mt. 4:4). Nos enseña que necesitamos la Eucaristía para poder
enfrentar la fatiga y el desgaste de nuestra travesía. Necesitamos su
sustento. En esta cultura post-cristiana necesitamos las fuerzas que
ella nos brinda. Necesitamos saber que Dios no nos abandona. Él está con
nosotros. Él desea compartir nuestro destino.
Según la tradición de la Iglesia católica, se considera un pecado mortal
no asistir a la Misa, a menos que haya una razón más seria, tal como
enfermedad, padecimiento, o incapacidad física. No es una cuestión de
conveniencia o inconveniencia. La Misa debe tener la primera prioridad.
Sin embargo, la obligación de asistir a Misa no es lo que debería
congregarnos durante el fin de semana. Más bien deberíamos darnos cuenta,
al igual que los mártires de Túnez, que realmente no podemos vivir la
vida de alabanza y gratitud a la que Dios nos llama, si no nos reunimos
en el Día del Señor para celebrar la Eucaristía.
Debemos valorar el Santo Sacrificio de la Misa. Es la oración de
Jesucristo. Es el momento especial que él nos dedica. Nos debería dar
vergüenza decepcionarlo dándole excusas. Nos debería dar vergüenza si
actuamos como si no nos importara. Más bien, como comunidad deberíamos
demostrarle cuánto lo respetamos. Debemos participar en el Santo
Sacrificio de la Misa semana tras semana para alabar a Dios y darle
gracias. Debemos hacer de la Misa la ocasión especial que realmente es.
Durante esta temporada de Pascua les damos la bienvenida a las personas
que se han convertido en miembros de nuestra Iglesia Local durante la
Vigilia Pascual, así como a los hermanos y hermanas previamente
bautizados en otras tradiciones de fe que se han convertido en católicos
durante la temporada de Pascua, o lo harán próximamente. En algunas
parroquias aquellos que no han sido bautizados anteriormente llevan
túnicas blancas durante la temporada pascual. Esto los identifica
claramente como recién convertidos o neófitos. La túnica blanca es una
invitación para el resto de nosotros a darles la bienvenida,
presentándonos y felicitándolos por haber completado los Ritos de la
Iniciación Cristiana. Que su experiencia de “conversión” nos sirva de
inspiración para dedicarnos nuevamente a vivir nuestro catolicismo con
entusiasmo.
La celebración del “día que el Señor ha hecho” proclama que hemos pasado
del pecado a la gracia, y de la muerte a la vida. Esta creencia está
basada en una promesa realizada por el propio Cristo.
En nuestra oración debemos decirle a Cristo que deseamos que esta
transición se convierta en realidad en nuestras vidas. Que esta verdad
inunde nuestros corazones de alegría. Que la aceptemos, superando todos
los miedos y recelos, confiando en él y en su promesa, apoyándonos en
ella.
Pido por que su experiencia cuaresmal y la celebración de la temporada
de la Pascua culminen en una relación con Cristo mucho más rica y en una
determinación renovada a vivir su fe católica con entusiasmo. |