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MENSAJE DEL oBISPO HIGI - April 8, 2007
 

 ‘Este es el día que hizo el Señor’

Mis hermanos y hermanas en el Señor:

La Iglesia saluda el alba en la mañana de Pascua clamando: “Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos y regocijémonos en él” (Salmo responsorial de Pascua). Sin embargo, no le damos la bienvenida a un día de 24 horas. Más bien se trata de un período de 50 días que se extienden hasta Pentecostés, que este año se celebrará el fin de semana del 27 de mayo.

La temporada de la Pascua es el “día” del Señor pero más prolongado. Los siete domingos son los domingos de Pascua, no después de ella. Se nos invita a participar de este “día” de celebración extendido con nuestros corazones rebosantes de la alegría de la Pascua.

La primera lectura para las misas de los siete fines de semana de la temporada de la Pascua está tomada de los Hechos de los Apóstoles, un diario o relato de los primeros tiempos de la Iglesia. El autor se dedica a mostrarnos cómo el Espíritu Santo guió a los apóstoles. Leemos cómo la gente valiente que llevó a cabo la misión de Jesús se convirtió en una Iglesia.

Los apóstoles recibieron la misión de Jesús. Ahora se nos confiere a nosotros. Nuestra misión, otorgada en el bautismo y sellada con el sacramento de la confirmación, es vivir nuestra religión con entusiasmo, tocar las vidas de otras personas e invitarlos a unirse a nosotros para profesar la plenitud de la fe a la cual Dios nos ha llamado, y es también acoger los valores de Jesucristo según los cuales la Iglesia nos educa y trasladarlos a nuestras vidas cotidianas para que por medio de nosotros y nuestro testimonio de Cristo nuestro mundo pueda transformarse gracias al poder salvador de ese Cristo.

Una de nuestras responsabilidades básicas como católicos es ser fieles al Santo Sacrificio de la Misa cada semana. Las estadísticas indican que los católicos por lo general no cumplen con su compromiso de asistir a Misa. Quizás, en promedio, tan solo de un 26 a un 28 por ciento asiste a misa todas las semanas. Gracias a Dios, los números aumentan considerablemente el Domingo de Resurrección. Sin embargo, celebramos la resurrección de Jesucristo no solamente el Domingo de Resurrección sino todos los domingos. El domingo es el día que hizo el Señor.

Cada uno de los días del Señor los católicos se reúnen en torno a la mesa del Señor en respuesta a la invitación de Jesús: “Hagan esto en conmemoración mía”, para escuchar la palabra de Dios y acogerla en el corazón. Es su voluntad que se nos alimente y se nos sustente con su Cuerpo y Sangre. Comemos y bebemos. Cantamos y rezamos. Compartimos. Recordamos.

Nos reunimos no para divertirnos o para sentirnos mejor, sino para unirnos al Cristo Resucitado en alabanza a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Le damos gracias a la Santísima Trinidad por todas las bendiciones que nos regala. Nuestro vínculo con Cristo, enraizado en el bautismo, se fortalece y procuramos fuerzas para ser fieles al compromiso bautismal. Por medio de las oraciones de petición buscamos su orientación, su ayuda y su alivio. Todo esto forma parte de la proclamación pascual con su renovación de las promesas bautismales.

Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI ha hecho referencia en varias ocasiones a los mártires de Túnez. Éstos se remontan a la época del Imperio Romano. Cuarenta y nueve cristianos fueron tomados por sorpresa un domingo mientras celebraban la Eucaristía en un hogar particular, desafiando un edicto imperial romano. Fueron arrestados y llevados a Cartago para que el gobernador romano de esa área los interrogara. A esos ancestros africanos se les preguntó por qué habían desobedecido el edicto del emperador. Uno de ellos respondió: “Sin la Misa dominical no podemos sobrevivir.” Fueron torturados y luego los mataron.

Nuestro Santo Padre ha expresado que nosotros, como católicos del siglo XXI, deberíamos reflexionar sobre la experiencia de los mártires de Túnez. Si bien no nos encontramos bajo la sombra de las prohibiciones imperiales, no es fácil para nosotros vivir como católicos fieles. El mundo en el que nos encontramos puede parecer un desierto, vasto y terrible. Nuestra cultura se encuentra dominada por el comercialismo desenfrenado, la indiferencia religiosa y el secularismo, en vez de por los valores cristianos. La licencia sexual ha reemplazado el sentido de castidad. La gratificación personal ha desterrado el valor de la penitencia y la mortificación de la carne. La vida que llevamos en este momento ha desviado la atención de la eternidad, hacia el aquí y ahora. Para compensar todo esto, Dios se hace presente ante nosotros en el Santo Sacrificio de la Misa.

El Santo Padre hace énfasis en que resulta imprudente olvidar que “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Nos enseña que necesitamos la Eucaristía para poder enfrentar la fatiga y el desgaste de nuestra travesía. Necesitamos su sustento. En esta cultura post-cristiana necesitamos las fuerzas que ella nos brinda. Necesitamos saber que Dios no nos abandona. Él está con nosotros. Él desea compartir nuestro destino.

Según la tradición de la Iglesia católica, se considera un pecado mortal no asistir a la Misa, a menos que haya una razón más seria, tal como enfermedad, padecimiento, o incapacidad física. No es una cuestión de conveniencia o inconveniencia. La Misa debe tener la primera prioridad. Sin embargo, la obligación de asistir a Misa no es lo que debería congregarnos durante el fin de semana. Más bien deberíamos darnos cuenta, al igual que los mártires de Túnez, que realmente no podemos vivir la vida de alabanza y gratitud a la que Dios nos llama, si no nos reunimos en el Día del Señor para celebrar la Eucaristía.

Debemos valorar el Santo Sacrificio de la Misa. Es la oración de Jesucristo. Es el momento especial que él nos dedica. Nos debería dar vergüenza decepcionarlo dándole excusas. Nos debería dar vergüenza si actuamos como si no nos importara. Más bien, como comunidad deberíamos demostrarle cuánto lo respetamos. Debemos participar en el Santo Sacrificio de la Misa semana tras semana para alabar a Dios y darle gracias. Debemos hacer de la Misa la ocasión especial que realmente es.

Durante esta temporada de Pascua les damos la bienvenida a las personas que se han convertido en miembros de nuestra Iglesia Local durante la Vigilia Pascual, así como a los hermanos y hermanas previamente bautizados en otras tradiciones de fe que se han convertido en católicos durante la temporada de Pascua, o lo harán próximamente. En algunas parroquias aquellos que no han sido bautizados anteriormente llevan túnicas blancas durante la temporada pascual. Esto los identifica claramente como recién convertidos o neófitos. La túnica blanca es una invitación para el resto de nosotros a darles la bienvenida, presentándonos y felicitándolos por haber completado los Ritos de la Iniciación Cristiana. Que su experiencia de “conversión” nos sirva de inspiración para dedicarnos nuevamente a vivir nuestro catolicismo con entusiasmo.

La celebración del “día que el Señor ha hecho” proclama que hemos pasado del pecado a la gracia, y de la muerte a la vida. Esta creencia está basada en una promesa realizada por el propio Cristo.

En nuestra oración debemos decirle a Cristo que deseamos que esta transición se convierta en realidad en nuestras vidas. Que esta verdad inunde nuestros corazones de alegría. Que la aceptemos, superando todos los miedos y recelos, confiando en él y en su promesa, apoyándonos en ella.

Pido por que su experiencia cuaresmal y la celebración de la temporada de la Pascua culminen en una relación con Cristo mucho más rica y en una determinación renovada a vivir su fe católica con entusiasmo.


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