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Cada
día de nuestras vidas, démosle gracias a Dios
¡ALABADO SEA
JESUCRISTO!
(Ahora y por siempre)
Llegó en la quietud de la noche. Dios se hizo carne.
El Papa León El Magno,
quien se remonta al siglo quinto, compuso un maravilloso sermón de
Navidad. “En la plenitud del tiempo – relata – elegido en las
insondables profundidades de la sabiduría de Dios, el Hijo de Dios
adoptó nuestra ordinaria condición humana para poder reconciliarla con
su creador.” Eso, hermanos y hermanas, es lo que celebramos durante la
fiesta de la Navidad.
El Papa León prosiguió: “Mis amados, démosle gracias a Dios el Padre,
por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, porque en su inmenso amor
por nosotros se apiadó de nuestra condición y cuando nos hallábamos
muertos en nuestros pecados, Él nos devolvió la vida con Cristo de modo
que en él podamos ser una nueva creación. Despojémonos de nuestra vieja
naturaleza y de todos sus hábitos y, por medio de nuestro nacimiento en
Cristo, renunciemos a las tentaciones de la carne.
“Cristiano, recuerda tu dignidad ... Ten en cuenta quién está a la
cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que has sido rescatado
del poder de la oscuridad y se te ha llevado a la luz del reino de Dios.
“Por medio del sacramento del bautismo te has convertido en el templo
del Espíritu Santo. No te apartes tan lejos para ser huésped de una
conducta perversa y convertirte nuevamente en esclavo del demonio,
porque tu libertad la ganó la sangre de Cristo.”
¿Acaso podría ser más dramático? Un niño nace en una cueva, sin
pretensiones, pobre. Para estar seguros, hubo señales que indicaban que
este niño no era simplemente otro bebé. Los ángeles anunciaron su
nacimiento a los pastores y más adelante llegarían los Reyes Magos, pero
el hecho fundamental es que este bebé nació porque Dios quería estar con
nosotros. El nacimiento de Jesús fue y siempre ha de ser un símbolo del
profundo amor de Dios y un indicio silente de cuán importante somos para
el Triángulo Sagrado: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La fiesta de la Navidad es una confirmación, nos brinda confianza y está
llena de desafíos. Uno de esos desafíos es recordar quiénes somos. Somos
muchas cosas. Somos padres y madres. Somos hijos e hijas. Somos niños y
adolescentes. Somos obreros, médicos y contadores. Algunos de nosotros
sufren de enfermedades terminales y temen que nunca volverán a celebrar
otra Navidad. Otros son alcohólicos que luchan por recuperarse. Algunos
enfrentan problemas familiares, problemas relativos al sexo, problemas
laborales y problemas en la iglesia. Otros están solos. Algunos están al
borde de la desesperación. Otros se perciben a sí mismos simplemente
como gente común que está tratando de cumplir con sus responsabilidades
día tras día. Algunos han sido sometidos a arduas pruebas, en tanto que
otros aun no lo han experimentado.
A pesar de nuestra disgregación, aquellos de nosotros a quienes Dios ha
bendecido con el don de la fe tenemos algo en común. Todos compartimos
una realidad fundamental que coloca todo lo demás en perspectiva. Esto
es que Dios nos ama; tanto nos ama que eligió convertirse en uno de
nosotros y vivir entre nosotros.
Por lo tanto la Navidad, independientemente de lo que signifique para
otros, para nosotros representa el misterio de la Encarnación: una
ilustración del inmenso amor de Dios por nosotros y la razón por la cual
representa un hito en la historia humana. El nacimiento de Jesucristo
celebra la determinación de Dios de liberarnos de las cadenas del pecado
y el prejuicio. Ya no debemos sentirnos víctimas de los conflictos
nacionales o internacionales. Ya no debemos temer la oscuridad de un
mundo lleno de injusticias, violencia y sufrimiento. Si bien nuestras
vidas se ven afectadas por lo que sucede a nuestro alrededor, a nosotros
y a nuestros seres queridos, por medio de Jesucristo podemos emerger del
pantanal de un mundo que con frecuencia parece cruel.
Dios nos llama a celebrar la natividad para alabarlo y agradecerle. Le
damos gracias por nuestros dones. Lo alabamos por ser quien es: un Dios
de inmenso amor que nos sostiene a cada uno de nosotros en la palma de
su mano.
Cada día de nuestras vidas, démosle gracias a Dios el Padre, por medio
de su Hijo y en el Espíritu Santo quien, en la inmensidad de su amor
llega a nosotros indistintamente de dónde estemos o quiénes seamos …
simplemente porque somos … un reflejo de su imagen y semejanza … un
producto de su ingenio creativo … un hijo o hija redimido por Jesucristo. |