|
Regocijémonos
en esta época santa
¡ALABADO SEA
JESUCRISTO!
(Ahora y por siempre)
La celebración laica de las “fiestas” parece empezar más temprano cada
año. Se podría concluir fácilmente que los recibos de la caja
registradora son la parte más importante de todo. Los medios de
comunicación se regodean informándonos que las ventas de la época
festiva han aumentado o disminuido con respecto a años anteriores. Sin
duda, el período que precede al 25 de diciembre está copado de fiestas,
compras y preparaciones para las reuniones familiares y grandes festines.
Para muchos es una época sumamente agitada. No es de extrañar que los
árboles de Navidad se guarden poco después del 25 de diciembre.
No obstante, la temporada de la Navidad tal como la celebra la Iglesia
de hecho no comienza hasta la fiesta de la Natividad y se prolonga hasta
ya entrado enero; este año, se extiende hasta el 8 de enero. Quizás esto
sea incomprensible para muchos, pero es como debería de ser y como era
antes de que las “fiestas” se apropiaran de la Navidad.
El 25 de diciembre y en la víspera, el punto focal es el nacimiento del
Señor. Las lecturas de la liturgia de la Misa del Gallo nos presentan la
historia de Belén. En la oración inicial de esa misa el mundo católico
reza: “Oh Dios, que hiciste resplandecer esta noche sacratísima con las
claridades de Aquél que es la luz verdadera; dígnate concedernos que,
después de conocer en la tierra los misterios de tu luz, disfrutemos
también de sus goces en el cielo. Que contigo vive y reina por los
siglos de los siglos.”
Estas lecturas de las Escrituras son distintas a las de la Misa del Día
de Navidad que se celebra al amanecer. San Pablo nos recuerda que
Jesucristo, nuestro Salvador, nos ha salvado no por virtud de ningún
acto justo que hayamos realizado, sino por su misericordia.
El Evangelio de la tercera Misa del Día de Navidad (la misa del día), no
menciona a José, a María, ni a los pastores, sino que proclama: “En el
principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era
Dios. El estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas
por medio de El, y sin El nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En El
estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres … Y el Verbo se hizo
carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del
unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.”
Cuando era un joven sacerdote pensé que era un pasaje del Evangelio
extraño para la Navidad. Con los años he podido entender mejor que
resume el verdadero significado de la época. Se trata de la Natividad
despojada de todo comercialismo y romanticismo. Se trata del
inmensurable amor de Dios para nosotros. Se trata de Jesús de Nazaret
quien entregó su vida para salvarnos del egoísmo del pecado. Se trata de
aquel por medio del cual Dios nos habla. Se trata del Hijo que reveló a
su Padre porque él es Dios hecho hombre.
El 1 de enero no es un día de guardar este año. Sin embargo, es un día
de fiesta. Honramos a la Santa Virgen María, Madre de Dios. Debido a que
ella es la madre de Jesús, el Hijo de Dios y la segunda persona de la
Santísima Trinidad, a María se le llama acertadamente la Madre de Dios (Theotokos).
El Concilio de Efesios en 431 le otorgó este título a María. Se le
otorgó porque muchos dudaban de la identidad de Jesús. ¿Acaso era
verdaderamente Dios y verdaderamente hombre? El concilio proclamó que sí
lo era y por lo tanto, ya que era verdaderamente Dios, su madre podría
llamarse la “Madre de Dios.”
La época de Navidad continúa el 31 de diciembre con la celebración de la
Sagrada Familia. Para los católicos la familia es la “Iglesia doméstica.”
La reflexión sobre los altos y bajos de la Sagrada Familia de Nazaret
indica que se trataba de personas de carne y hueso: un hombre que
descubre que su amada está embarazada, sabiendo que él no es el padre;
una adolescente a quien se le dice que ha de convertirse en madre a
pesar de que no está casada; una joven pareja y su bebé refugiados en
tierras extranjeras; el encuentro con Simeón y Ana cuando Jesús fue
presentado en el templo; la ansiedad en los corazones de María y José al
perder a Jesús cuando tenía 12 años, sólo para que éste les dijera
cuando lo encontraron: “¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en
la casa de mi Padre?”
Finalmente, la época de Navidad llega a su final con la celebración de
la Epifanía y el Bautismo del Señor entre el 7 y el 8 de enero. Para
entonces, la Navidad será un recuerdo distante para muchos. Pero no
deberá serlo para nosotros que durante la Epifanía recordamos la venida
de los Tres Reyes Magos. Se le conoce como la “pequeña Navidad.” Al día
siguiente, un lunes, el Bautismo del Señor nos conduce al Cristo adulto
y a su ministerio y con esto habrá terminado la época de Navidad.
Rezo para que la verdadera época de Navidad, desprovista de la agitación
del comercialismo, no se nos escape en cuanto los regalos queden
dispersos, se haya consumido el banquete festivo y todos se vayan a la
cama casi exhaustos la noche del 25 de diciembre. En lugar de ello,
regocijémonos en nuestra fe y tratemos lo mejor que podamos de recibir
esta época sagrada que comienza con la misa de la festividad de la
Natividad y se extiende hasta enero.
Concentremos nuestra atención en el enorme regalo que hemos recibido en
Jesucristo. Reflexionemos en todas las bendiciones de las que
disfrutamos, nombrémoslas en nuestras oraciones y acerquémonos a Dios
con una actitud agradecida, demostrada por nuestra constancia al asistir
a misa cada semana durante el 2007. Hagamos que la verdadera época de la
Navidad sea la temporada más maravillosa de todo el año.
Los incluiré en las intenciones de mi Misa de Navidad celebrada en la
catedral. Les pido a cambio que me incluyan en sus oraciones. |