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MENSAJE DEL oBISPO HIGI - December 24, 2006
 

 Regocijémonos en esta época santa

¡ALABADO SEA JESUCRISTO!
(Ahora y por siempre)

La celebración laica de las “fiestas” parece empezar más temprano cada año. Se podría concluir fácilmente que los recibos de la caja registradora son la parte más importante de todo. Los medios de comunicación se regodean informándonos que las ventas de la época festiva han aumentado o disminuido con respecto a años anteriores. Sin duda, el período que precede al 25 de diciembre está copado de fiestas, compras y preparaciones para las reuniones familiares y grandes festines. Para muchos es una época sumamente agitada. No es de extrañar que los árboles de Navidad se guarden poco después del 25 de diciembre.

No obstante, la temporada de la Navidad tal como la celebra la Iglesia de hecho no comienza hasta la fiesta de la Natividad y se prolonga hasta ya entrado enero; este año, se extiende hasta el 8 de enero. Quizás esto sea incomprensible para muchos, pero es como debería de ser y como era antes de que las “fiestas” se apropiaran de la Navidad.

El 25 de diciembre y en la víspera, el punto focal es el nacimiento del Señor. Las lecturas de la liturgia de la Misa del Gallo nos presentan la historia de Belén. En la oración inicial de esa misa el mundo católico reza: “Oh Dios, que hiciste resplandecer esta noche sacratísima con las claridades de Aquél que es la luz verdadera; dígnate concedernos que, después de conocer en la tierra los misterios de tu luz, disfrutemos también de sus goces en el cielo. Que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.”

Estas lecturas de las Escrituras son distintas a las de la Misa del Día de Navidad que se celebra al amanecer. San Pablo nos recuerda que Jesucristo, nuestro Salvador, nos ha salvado no por virtud de ningún acto justo que hayamos realizado, sino por su misericordia.

El Evangelio de la tercera Misa del Día de Navidad (la misa del día), no menciona a José, a María, ni a los pastores, sino que proclama: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de El, y sin El nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres … Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.”

Cuando era un joven sacerdote pensé que era un pasaje del Evangelio extraño para la Navidad. Con los años he podido entender mejor que resume el verdadero significado de la época. Se trata de la Natividad despojada de todo comercialismo y romanticismo. Se trata del inmensurable amor de Dios para nosotros. Se trata de Jesús de Nazaret quien entregó su vida para salvarnos del egoísmo del pecado. Se trata de aquel por medio del cual Dios nos habla. Se trata del Hijo que reveló a su Padre porque él es Dios hecho hombre.

El 1 de enero no es un día de guardar este año. Sin embargo, es un día de fiesta. Honramos a la Santa Virgen María, Madre de Dios. Debido a que ella es la madre de Jesús, el Hijo de Dios y la segunda persona de la Santísima Trinidad, a María se le llama acertadamente la Madre de Dios (Theotokos). El Concilio de Efesios en 431 le otorgó este título a María. Se le otorgó porque muchos dudaban de la identidad de Jesús. ¿Acaso era verdaderamente Dios y verdaderamente hombre? El concilio proclamó que sí lo era y por lo tanto, ya que era verdaderamente Dios, su madre podría llamarse la “Madre de Dios.”

La época de Navidad continúa el 31 de diciembre con la celebración de la Sagrada Familia. Para los católicos la familia es la “Iglesia doméstica.” La reflexión sobre los altos y bajos de la Sagrada Familia de Nazaret indica que se trataba de personas de carne y hueso: un hombre que descubre que su amada está embarazada, sabiendo que él no es el padre; una adolescente a quien se le dice que ha de convertirse en madre a pesar de que no está casada; una joven pareja y su bebé refugiados en tierras extranjeras; el encuentro con Simeón y Ana cuando Jesús fue presentado en el templo; la ansiedad en los corazones de María y José al perder a Jesús cuando tenía 12 años, sólo para que éste les dijera cuando lo encontraron: “¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de mi Padre?”

Finalmente, la época de Navidad llega a su final con la celebración de la Epifanía y el Bautismo del Señor entre el 7 y el 8 de enero. Para entonces, la Navidad será un recuerdo distante para muchos. Pero no deberá serlo para nosotros que durante la Epifanía recordamos la venida de los Tres Reyes Magos. Se le conoce como la “pequeña Navidad.” Al día siguiente, un lunes, el Bautismo del Señor nos conduce al Cristo adulto y a su ministerio y con esto habrá terminado la época de Navidad.

Rezo para que la verdadera época de Navidad, desprovista de la agitación del comercialismo, no se nos escape en cuanto los regalos queden dispersos, se haya consumido el banquete festivo y todos se vayan a la cama casi exhaustos la noche del 25 de diciembre. En lugar de ello, regocijémonos en nuestra fe y tratemos lo mejor que podamos de recibir esta época sagrada que comienza con la misa de la festividad de la Natividad y se extiende hasta enero.

Concentremos nuestra atención en el enorme regalo que hemos recibido en Jesucristo. Reflexionemos en todas las bendiciones de las que disfrutamos, nombrémoslas en nuestras oraciones y acerquémonos a Dios con una actitud agradecida, demostrada por nuestra constancia al asistir a misa cada semana durante el 2007. Hagamos que la verdadera época de la Navidad sea la temporada más maravillosa de todo el año.

Los incluiré en las intenciones de mi Misa de Navidad celebrada en la catedral. Les pido a cambio que me incluyan en sus oraciones.


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